:stargif: 𝑪𝒂𝒓𝒏𝒂𝒗𝒂𝒍 𝒎𝒆𝒅𝒊𝒆𝒗𝒂𝒍: 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒐𝒓𝒅𝒆𝒏 𝒔𝒆 𝒓𝒆𝒏𝒅𝒊́𝒂 𝒅𝒖𝒓𝒂𝒏𝒕𝒆 𝒕𝒓𝒆𝒔 𝒅𝒊́𝒂𝒔 :stargif:
Durante tres días, el mundo se ponía del revés. 🎭
El Carnaval no era solo fiesta: era caos permitido antes de la Cuaresma.
Comer hasta el exceso.
Beber sin medida.
Burlarse del poder y de la Iglesia.
Una grieta legal en el orden feudal.
En Castilla se gritaba: «Sepan los gatos que es Antruejo».
Animales manteados, gallos decapitados, farsas obscenas en las plazas, disfraces grotescos en Cataluña, banquetes descomunales en Galicia. 🍖🔥
La violencia simbólica y real se mezclaba con la risa.
Era el momento de “sacar la bestia” antes del ayuno.
El martes ardía el muñeco del Carnaval.
Y al amanecer del Miércoles de Ceniza, el silencio.
Ayuno.
Culpa.
Orden restaurado.
Era el mundo del “revés”: el mendigo se coronaba rey, el necio daba el sermón y la jerarquía sagrada se suspendía.
Pero esa libertad tenía fecha de caducidad.
El Miércoles de Ceniza no era solo rito religioso; era la advertencia de que el poder siempre vuelve.
Uno de los rituales más provocadores fue el “Obispillo”.
En catedrales de Castilla y otros reinos se elegía a un niño o a un humilde y se le vestía como obispo.
Durante esos días impartía bendiciones burlescas y dictaba órdenes absurdas mientras los clérigos reales le servían.
Una humillación tolerada que permitía al pueblo purgar tensiones contra el diezmo y la disciplina eclesiástica.
En las plazas se escenificaba la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma, inmortalizada por Arcipreste de Hita en el Libro de buen amor.
Don Carnal, gordo y rodeado de embutidos y vino, representaba el exceso.
Doña Cuaresma, flaca y armada con pescados y verduras, simbolizaba la penitencia.
Siempre vencía ella.
El placer era efímero; la norma, la abstinencia.
El Jueves Lardero marcaba el inicio del descontrol gastronómico. “Carne de puchero”.
Se consumían chorizos, torreznos y manteca antes de los cuarenta días sin carne ni huevos.
Tortillas cargadas de lomo, dulces fritos como flores y pestiños.
No era gula ingenua: era estrategia cultural frente al calendario litúrgico.
Las máscaras eran un escudo. 👺
Bajo ellas, un campesino podía ridiculizar a su señor sin pagar de inmediato las consecuencias.
Diablos y zamarrones recorrían pueblos de Castilla y León con cuernos y cencerros.
En Venecia, la máscara del médico de la peste se transformó en símbolo carnavalesco: recordar la muerte mientras se bailaba era una forma de domesticar el miedo.
En Galicia, los Peliqueiros de Laza, con máscaras rígidas y látigos, imponían una autoridad caótica.
En Navarra, los Joaldunak hacían retumbar sus cencerros para despertar la tierra y espantar espíritus.
Tradiciones que conservan el eco medieval.
El Entierro de la Sardina cerraba el ciclo. 🐟
Un cortejo fúnebre paródico despedía el vicio.
Hombres disfrazados de viudas lloraban exageradamente.
El Rey del Carnaval era quemado.
Las cenizas sellaban el final del desorden.
¿Por qué temía el poder estos días?
No por el ruido, sino por la risa.
Cuando la jerarquía se diluye en vino y barro, el sistema muestra su fragilidad.
El Carnaval era una válvula de escape controlada: permitir la burla para evitar la rebelión.
Tres días de libertad peligrosa.
Después, silencio y ceniza.
Pero durante esas horas suspendidas, el pueblo recordaba algo esencial: ningún poder es eterno cuando puede ser ridiculizado.
Y esa memoria, aunque breve, era profundamente subversiva.
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