En el ajedrez, como en la vida, no hay que rendirse ni en las peores circunstancias. Uno puede mandarse cagadas, perder oportunidades, pero no nos debe ganar la culpa ni la frustración. Podemos quedarnos solos, indefensos, pero las circunstancias pueden cambiar, aunque parezca no haber esperanza. Recordemos que el enemigo también la puede pifiar, aun cuando pensemos que tiene la victoria asegurada. La victoria nunca esta asegurada. Nunca sabemos cómo piensa ni qué siente el otro, pero incluso él puede sucumbir ante la frustración si, por un giro inesperado, una jugada nuestra lo agarra desprevenido, o si por descuido pierde una ficha clave.
La verdadera batalla está en la mente, no en el tablero.
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