/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
La compraron en oferta un viernes cualquiera.
“Nos va a ahorrar tiempo”, dijeron.
Y era verdad.
La dejaron programada para las tres de la madrugada, porque a esa hora nadie molesta y ella trabaja mejor.
Al principio hacía gracia oír ese zumbido suave recorriendo el pasillo mientras todos dormían.
Una presencia útil.
Doméstica.
Inofensiva.
Hasta que empezó a quedarse quieta frente a las puertas.
No chocaba.
No giraba.
Se quedaba ahí.
Como esperando.
La primera vez fue frente al cuarto del niño.
Pensaron que sería un fallo del sensor.
La reiniciaron.
Todo normal.
La segunda vez fue delante del dormitorio principal.
Tres y doce de la madrugada.
Quietud absoluta.
El piloto azul encendido.
El cepillo inmóvil.
El padre se levantó, medio dormido, para empujarla con el pie.
Y entonces el aparato retrocedió solo.
Despacio.
Como si no quisiera que lo tocaran.
A la mañana siguiente, en la app aparecía un nuevo mapa de la casa.
Más detallado.
Con zonas marcadas en rojo.
No eran paredes.
Eran camas.
Intentaron desactivar la programación nocturna, pero cada noche, a la misma hora, el zumbido volvía.
Nadie lo activaba.
Una madrugada el niño gritó.
La encontraron bajo su cama.
No había espacio suficiente para que entrara ahí.
La desenchufaron.
La guardaron en el trastero.
A la noche siguiente, a las tres y doce, el pasillo volvió a vibrar.
El enchufe del trastero estaba vacío.
La puerta, cerrada.
Y el zumbido…
venía desde dentro de las paredes.
Buenas noches, criaturas valientes.
Mirad bien el suelo antes de apagar la luz.
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