🥕A estas alturas, después de todo lo que ha hecho Trump —el zanahorio con corbata larga— ya no sorprende nada.
Lo inquietante sería que un día despertara discreto, humilde y con gusto por el beige.
Eso sí sería noticia mundial.
Lo siguiente que podríamos esperar de él es bastante previsible: declarar el dorado como color patriótico obligatorio.
Edificios oficiales, bolígrafos, corbatas… todo bañado en oro falso pero reluciente, porque en su cabeza el poder siempre brilla, aunque deslumbre más de lo que ilumina.
No quiere pasar a la historia, quiere reflejarla.
También es probable que esté barajando seriamente rebautizar cosas.
Montañas, aeropuertos, quizá algún océano.
“Trump something” suena a eco eterno, y él vive obsesionado con que su nombre no se desgaste.
Midas al revés: todo lo que toca se vuelve titular, no necesariamente oro.
No descartemos que intente reescribir el significado del éxito: gritar más alto, negar mejor, repetir hasta que parezca verdad.
Una pedagogía del ego inflado, donde la duda es traición y el matiz, una debilidad sospechosa.
Y en el fondo, detrás del dorado, los gestos teatrales y el ruido constante, lo que probablemente tenga en mente es lo de siempre: no desaparecer.
Porque hay personas que no temen al ridículo ni al conflicto, solo al silencio.
Así que sí, puede que quiera ser Midas.
Pero no por la riqueza, sino por la obsesión de que todo lleve su huella, aunque pese, aunque queme, aunque al final nadie pueda tocarlo sin quedarse pegajoso.
— seguimos fingiendo normalidad —
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