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Nadie sabe que bajo el ala norte del psiquiátrico abandonado de San Baudilio existe el Nivel 9.
No figura en los planos oficiales y los archivos de la Diputación fueron quemados "accidentalmente" en los 90.
Es un lugar diseñado bajo el concepto de Jeremy Bentham: la arquitectura del control total.
Un solo punto central desde donde se vigila todo, pero donde el vigilado nunca sabe si el ojo del carcelero está puesto en él.
Sin embargo, en el Nivel 9, el carcelero no era humano y los presos no eran locos.
Eran algo mucho peor.
¿Cómo entré? La curiosidad en una mente como la mía, alimentada por biografías de personajes oscuros, es una droga peligrosa.
Un contacto que trabajó en "la limpieza" de la instalación —un hombre que ahora vive en un búnker y no duerme sin luz— me vendió la frecuencia de los cierres electromagnéticos.
Me juró que el lugar era inexpugnable, con muros de plomo para evitar fugas de energía... o de lo que fuera que criaban allí.
Un fallo en el sistema de alimentación primaria, provocado por una tormenta solar que nadie esperaba, dejó las puertas a merced de quien supiera dónde golpear.
Y yo sabía.
Nada más cruzar el umbral, el olor me golpeó como una bofetada: una mezcla de ozono quemado, humedad rancia y ese rastro metálico que solo deja la sangre cuando lleva décadas secándose sobre baldosas frías.
Mi linterna recortaba un túnel de azulejos desconchados y charcos de agua negra que parecían respirar.
Lo primero que vi fue una nota en el suelo, amarillenta y arrugada. «¡Sal de aquí YA!», decía con una caligrafía desesperada, de alguien a quien le temblaba hasta el alma.
Debería haber hecho caso, pero el silencio era tan denso que me atraía como un imán.
El Nivel 9 era el corazón del Proyecto Panóptico.
Allí encerraron lo que llamaban "Anomalías de Culto".
No eran personas disfrazadas; eran proyecciones de nuestros miedos colectivos materializadas mediante experimentos prohibidos de privación sensorial.
El gobierno descubrió que si concentras el miedo de miles de personas en un solo punto, el miedo acaba cobrando forma.
Los tenían sedados con gas y luces de frecuencia específica, pero al caer el sistema, la "guardería" se despertó.
Avancé escuchando el siseo del gas que se escapaba y el goteo rítmico de las tuberías.
A la izquierda, en la primera celda, estaba él: el payaso Art.
Estaba de cuclillas, apretando un trozo de carne podrida contra su pecho con una devoción perturbadora.
Su cara, de un blanco cadavérico, no mostraba emoción, pero cuando sus ojos se clavaron en los míos, sentí un vacío absoluto.
No me miraba con curiosidad, me miraba con hambre de diversión.
Su sonrisa, una herida abierta en el rostro, se ensanchó mientras se levantaba despacio, haciendo crujir sus articulaciones en aquel silencio de tumba.
Corrí.
Mis pasos resonaban como disparos.
Pasé frente a la celda del imitador de Scream, cuya máscara parecía derretirse bajo la luz de mi linterna; vi a la monja de cuencas vacías rezando un rosario de vértebras humanas; incluso vi a Annabelle, sentada con esa quietud que te hace querer arrancarte los ojos.
Todos estaban ahí, esperando que el sistema terminara de morir.
Al llegar al fondo del pasillo, el aire se volvió eléctrico.
La última celda no tenía barrotes convencionales, sino una distorsión en el espacio.
Y entonces lo vi: el Demogorgon.
No estaba allí por accidente; era el carcelero de los carceleros, la anomalía alfa.
Su cabeza se abrió como una orquídea de carne sangrienta, emitiendo un chirrido que me hizo sangrar los oídos.
No hubo pelea posible.
Sus garras me alcanzaron antes de que pudiera procesar el dolor.
Pero no me mató.
El final fue mucho peor que la muerte.
Mientras la criatura hundía sus dientes en mi hombro, sentí una descarga que conectó mi mente con el sistema central del Panóptico.
Mis ojos se convirtieron en las cámaras del complejo.
Pude ver, en todas las pantallas de la sala de control, cómo los mil cierres hidráulicos se abrían al unísono.
El Demogorgon no es solo un depredador; es la llave de contacto.
Al alimentarse de mi terror, su energía reactivó el protocolo de "Liberación Total".
Mientras me arrastra hacia la negrura de su fosa, veo por última vez el pasillo.
El payaso Art ya está fuera, limpiando su cuchillo con la manga; Pennywise asoma su cabeza roja riendo con una voz que suena a cristales rotos, y la puerta principal hacia la superficie se abre de par en par.
He sido el idiota que ha abierto la jaula.
Esta noche, el Panóptico se ha quedado vacío, y el mundo exterior es la nueva celda.
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